* *
Estaba doblando la esquina de la calle Oviedo cuando quedé fascinada por una hermosa melodía que llegaba desde una calle algo apartada, empecé a buscar la procedencia de aquellos dulces acordes hipnotizada como si me hubiese encontrado con el flautista de Armelin y tuviese que seguirlo por todo el mundo. Lo que en principio era una simple callejuela acabó convirtiendose en todo un laberinto de caminos por el que me adentré hasta llegar a un callejón oscuro y sin salida. N o recordaba de que manera había llegado, por donde había girado ni cuanto tiempo llevaba caminando,pero supuse que ya no llegaría a tiempo a las clases. Aún no era consciente de lo cierto que era eso. De pronto me encontré delante de un alto muchacho que rondaría los veinte años, era moreno y a pesar de que estabamos en pleno mes de junio el vestía un traje largo con un sombrero de copa que no parecía demasiado fresco, la música provenía de una pequeña armónica que tocaba con aire solemne y una sonrisa en los labios. No parecía importarle pasar calor y estar en un sitio que olía a queso rancio y le faltaba una buena limpieza y un par de farolas. Sujetado en el otro brazo llevaba un paragüas que,visto el sol que hacía esa mañana,no parecía que tuvirera ninguna otra utilidad más que molestar.
- Te estaba esperando-. Dijo con aire despreocupado, desprendía un aura misteriosa como ninguna otra, y fui consciente de que me encontraba a solas con un completo desconocido que tenía pinta de loco y que avanzaba lentamente hacia mi.
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